March 09
Una noche danzando por el mundo me encontré una dama. Tenía los ojos verdes y el pelo azabache. Su mirada era ardiente, le otorgaba un aire celestial, era bella hasta su aura. Cruzaba en la oscuridad un puente muy misterioso. Caminaba entre la niebla ensimismada. Sus pasos, eran la danza del silencio. Era una criatura que hechizaba, yo la vi. Eran las tres de la madrugada de un martes siete de abril. Me dirigía hacia mi casa al terminar mi jornada, aunque yo no trabajo. Mi único empleo es dar vueltas por las distintas empresas de la ciudad. Me las conozco todas. Soy un parado. Todos los días cruzo la ciudad de cabo a rabo, para ver si alguien se digna a proporcionarme un “curro” digno. Por lo tanto vuelvo a casa, a las tantas. Pues iba yo por el gran puente que cruza la ría, de mil cuatrocientos metros de longitud, en una noche fría. Cerradísima de niebla, cargadísima de silencio, agotadora para mí. Mi balance del día era desastroso. El estado de ánimo que tenía en esos momentos mejor no comentarlo. En fin, que no era mi día. En cambio sí fue mi noche. Vi a esa dama, escuché su danza, se acercaba. Retumbaban todas las venas de mi cuerpo. La sombra se fue difuminando y pude distinguir su figura. Lo que retumbó fue mi corazón.
Nos cruzamos. Ella, me miró directamente a los ojos. Recta, decidida, apasionada. Continuó su camino. De repente, con un impresionante giro de cabeza logró cambiar de hombro su larga melena. Yo me quedé abstraído, atontado con su aroma y volviendo mi cabeza para seguirla con la mirada.
Por lo que parece no desperté en ella ningún tipo de interés.
¡Creída! ¡Coño!